Mostrando entradas con la etiqueta homeostasis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta homeostasis. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de febrero de 2015

¿POR QUÉ UN 68% DE LAS MUJERES CON SOBREPESO Y/U OBESIDAD ABANDONAN LOS PROGRAMAS DE PÉRDIDA DE PESO EN EUROPA?


Según la OMS, un 80 % de los adolescentes obesos seguirán siéndolo en la edad adulta, menos de un 5 % de los adultos que pierden peso son capaces de mantenerse en su peso ideal durante cinco años después del tratamiento y  un 6 % recupera el peso perdido en los primeros seis a doce meses. La obesidad contribuye, entre otras causas, a aumentar la mortalidad por enfermedades cardiovasculares y a la aparición de la diabetes mellitus, de alteraciones esqueléticas, hipertensión arterial, hipercolesterolemia e inadaptación psicosocial. En cuanto a las cuestiones traumatológicas, las articulaciones de las personas obesas sufren mucho, al igual que sus órganos internos, sobretodo el corazón. El cerebro de una persona obesa  tiene calculadas y programadas sus acciones en función de su gasto energético, y obviamente sus órganos responderán en función de dicho cálculo. Al cambiar la situación de estas personas de un estado de sedentarismo total mantenido durante años y años, a la actividad física acompañada de dieta, se producirán cambios neurofisiológicos y fisiológicos bastante importantes. La actividad física proporciona una inmensa cantidad de estímulos al cerebro que, a su vez, será capaz de reprogramar las funciones cognitivas, e incluso de cambiar el ADN de las células. Al iniciar la práctica del ejercicio físico, el cerebro reprograma todas las respuestas celulares y las funciones de todo nuestro cuerpo; pero para que nuestro metabolismo pueda asimilar dichos cambios y hacer que éstos hagan parte de nuestro estilo de vida, es fundamental tener en cuenta el factor  tiempo.

En el año 2014 realizamos una interesante revisión con el fin de investigar por qué tantas mujeres obesas abandonan los programas de reducción de peso por medio de entrenamiento físico y dieta. Para obtener datos, se visitaron varios hospitales,  centros especializados, gimnasios, y se consultó a  diferentes profesionales de la salud involucrados con la obesidad en distintos países de Europa; se ha recabado información, se han estudiado procedimientos clínicos, evaluado cada caso y profundizado en los casos más interesantes. Durante 8 meses fueron entrevistadas 200 mujeres obesas con edades comprendidas entre 20 y 65 años. Dicho estudio fue realizado en cuatro países diferentes: Inglaterra, Noruega, Alemania y España.

Nuestro objetivo era saber:

1.     ¿Cómo se sentían dentro de un entrenamiento físico enfocado a tratar la obesidad?

2.     ¿Cuáles eran las mayores dificultades dentro del contexto del ejercicio físico?

3.     ¿En qué grado de dificultad notaban el entrenamiento?

4.     ¿Cuáles eran las expectativas que tenían?

5.     ¿Tenían la intención de seguir con el programa y de concluir el objetivo planteado en el principio?

6.     ¿Por qué?

RESPUESTAS

1.     Mal (90%)     Bien (8%)     Más o Menos (2%)

2.     Moverse (70%)    Alimentación (30%)

3.     Mucha dificultad (75%) Mediana dificultad (35%) Ninguna dificultad (0%)

4.     Estética (80%) Ganar salud y mejorar su calidad de vida (20%) Ninguna (0%)

5.     SI (32%)  NO (68%)

6.     (32%) Porque tenían riesgo de vida -  (68%) No se sentían escuchadas, No sentían la empatía del entrenador, No se sentían bien con el programa, No notaban resultados estéticos con los ejercicios.

Al hablar con los profesionales, ninguno de ellos, en ninguno de los casos ha hecho referencia alguna a las emociones de los pacientes, y cuando hemos citado este aspecto en las entrevistas, tampoco han dado la debida importancia al asunto.
Las mujeres encaran la obesidad de manera totalmente diferente que los hombres.
Hemos comprobado que uno de los motivos por los que un 68% de las mujeres con sobrepeso y/u obesas que empiezan un programa de pérdida de peso mediante ejercicio físico y dieta (libre de fármacos), abandonan dicho programa debido a que les cuesta mucho adaptarse a los cambios neurofisiológicos y fisiológicos, además de que un 80% de las personas obesas entrevistadas presentaban algún problema emocional. En este estudio en concreto, la mayor parte de las personas que han abandonado el programa padecían ansiedad y/o depresión. Estas mismas personas decían que no tenían la debida paciencia para aguardar la llegada de los resultados estéticos, que en gran parte de los casos era lo único que ansiaban. Dentro de nuestra revisión, hemos advertido que la mayor parte de las personas que han  tomado la actitud de mejorar su vida cambiando sus malos  hábitos, son aquellas cuya obesidad les había llevado a una gran degradación en su estado de salud pasando a correr algún tipo de riesgo de vida diagnosticado por su médico. Gran parte de las personas en el mundo no son conscientes de los problemas que puede conllevar ser obeso.
La obesidad es mucho más que un tema estético.

Pero también es fundamental señalar que la obesidad puede ser producida por muchos otros  factores que no dependen sólo de la falta de actividad física o una mala dieta.    
Si enfocamos este tema hacia la obesidad en las mujeres, además de los FACTORES AMBIENTALES, la obesidad se puede ver favorecida por varios otros motivos. En el caso de la Obesidad Femenina, hay que valorar los factores genéticos, la hipertensión, la diabetes, el estrés, problemas de corazón, el embarazo, la menopausia y sobre todo la ansiedad, que está muy vinculada con el aumento de peso. También puede estar relacionada con algunas otras enfermedades como el Síndrome de Cushing, el hipotiroidismo, los ovarios poliquísticos,  el pseudohipoparatiroidismo (trastorno causado por la disminución de la función de las glándulas paratiroides, caracterizada por una muy baja concentración de hormona paratiroidea) y el hipogonadismo (los ovarios no funcionan correctamente). También existen medicamentos que pueden favorecer el sobrepeso, como ciertos antidepresivos (no todos) y los corticoides.  
El síndrome de Cushing. También conocido como hipercortisolismo, es provocado por el aumento del cortisol. Este exceso de cortisol se puede deber a varias causas, y la más común, que afecta de 60 a 70 % de los pacientes, es un adenoma en la hipófisis (tumor benigno en la hipófisis);  otras causas del síndrome de Cushing son los tumores o anomalías en las glándulas suprarrenales, el uso crónico de glucocorticoides o la secreción ectópica de ACTH  por parte de tumores que normalmente no la producen. La ACTH es una hormona que es  producida por la hipófisis, que estimula las glándulas suprarrenales para que produzcan cortisol. A medida que el índice de masa corporal (IMC) se incrementa, también lo hace el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, diabetes, algunos trastornos del aparato locomotor (osteoartritis - enfermedad degenerativa de las articulaciones-) y ciertos tipos de cáncer (de endometrio, mama y colon).

En muchos casos la obesidad puede estar acompañada de la depresión, y ésta,  siendo crónica, puede llegar a disminuir el tamaño del hipocampo (aprendizaje, memoria, humor, emociones), al mismo tiempo que aumentará el tamaño de la amígdala (miedo y ansiedad). Infelizmente es común ver a personas obesas que padecen hipertensión, además de estrés crónico. Éstos son capaces de provocar una deficiencia en el BDNF (Brain Derived Neurothrophic Factor), una proteína que,  de entre varias funciones, actúa como un antidepresivo natural que sirve para dar fuerza al corazón. Ayuda a mantener la capacidad de las células musculares cardiacas para su contracción y relajación de manera adecuada, máxime cuando ocurre un estrés agudo que puede ser producido por la práctica de actividad física. ¡El gran problema es el estrés crónico!
El estrés crónico provoca la muerte celular y debilita el sistema inmunológico.
Al acelerar el metabolismo vía ejercicio físico, se genera un estrés agudo que será solventado por la homeostasis, y en ese proceso, el sistema nervioso simpático y el parasimpático tienen una actuación fundamental. El sistema nervioso simpático produce respuestas de defensa y de lucha ante un estímulo o el estrés, como aumentar el ritmo del corazón, la producción de saliva y la sudoración.  El sistema parasimpático contrarresta estos efectos haciendo más lento el ritmo del corazón, dilatando los vasos sanguíneos y relajando las fibras de los músculos lisos involuntarios: equilibrio simpático y parasimpático. Estos dos subsistemas  tienen funciones opuestas, y así producen un equilibrio entre las funciones corporales. Además trabajan activamente y de una manera muy intensa dentro de la actividad física, principalmente si ésta está enfocada a las enfermedades. También es muy importante recordar que hormonas como la epinefrina, el  glucagón, el cortisol, las tiroideas y la hormona del crecimiento, desarrollan una interesante situación metabólica para mantener el ejercicio físico en el marco de la homeostasis corporal.   Lo que suele ocurrir en los casos de obesidad, es que gran parte de las personas abandonan el programa de ejercicio físico debido a que tienen una gran dificultad para moverse y realizar los ejercicios; algo totalmente comprensible, pues están acostumbradas al sedentarismo y a la inactividad. El problema en estos casos no reside en la persona en sí, sino en programas de ejercicio físico deficientemente diseñados, en su incorrecta aplicación, en la forma en la que se incentiva a estas personas y, sobre todo,  en la gestión de sus emociones. De otra parte, al sugerir a una persona obesa que camine en una cinta sin una previa preparación, ésta sentirá las mismas incomodidades que una persona sana que entrena con mucha intensidad, principalmente al terminar la sesión de entrenamiento, pero con la diferencia de que su cuerpo además tiene que soportar 20 o 30 kilos, o más, por encima del peso normal.
A lo largo de 25 años trabajando con poblaciones especiales, hemos comprobado que al aplicar ejercicios de carácter isométrico es posible  conseguir la homeostasis muscular como una preparación previa a los entrenamientos que puedan exigir más a estas personas. Éste es un procedimiento muy inteligente y muy recomendable a la hora de trabajar con personas con sobrepeso y/u obesas pues, en función de la estructura corporal que muchas de ellas presentan y debido a que dicha morfología les imposibilita el movimiento en mayor o en menor medida, los ejercicios de contracción isométrica les proporcionan una estupenda preparación muscular para un posterior entrenamiento más agresivo, al mismo tiempo que una gran estabilización articular, antes de que accedan a la cinta para caminar. De otra parte el cerebro humano, y el de todos los mamíferos, reconoce fácilmente esta clase de contracción debido a que es la primera contracción muscular que hacemos (estando en la barriga de nuestras madres), además de que los músculos de una persona obesa pasan el día realizando estas contracciones con el fin de mejorar la postura dentro de la incomodidad de su sedentarismo. Al empezar a aplicar ese tipo de entrenamiento previo, hemos visto que la musculatura de las personas que hacen parte de nuestros programas, obesidad incluida, reacciona de manera mucho más rápida. De esta manera, para la segunda fase del entrenamiento, que estará compuesto de mucha alostasis (proceso de mantenimiento de la estabilidad a través del cambio activo, previsible o imprevisible), el cerebro ya habrá preparado la musculatura y los órganos internos de una manera más equilibrada, estando el organismo bastante mejor preparado para las respuestas a los estímulos proporcionados por el ejercicio físico. En la segunda parte del programa, formado por ejercicio aeróbico (caminar en la cinta, bici estática, etc.), acompañado de ejercicios de fuerza, las personas responden muy bien al entrenamiento y con menor dificultad para moverse, cosa que no pasaba antes de que empezáramos con la aplicación de los isométricos, a la vez que hay un mayor control en las funciones cardíacas. Al trabajar de manera estática y con la resistencia del propio cuerpo, el cerebro interpreta que debe buscar la homeostasis muscular de manera acelerada con el fin de proteger tanto la integridad del organismo, como de los músculos y articulaciones. Hemos podido constatar que la recuperación muscular se produce de manera mucho más rápida. Los músculos representan el 40% o 50% del peso corporal de una persona adulta; si la musculatura va acompañada de una gran cantidad de grasa, la persona obesa padecerá muchas limitaciones, tanto a nivel muscular como orgánicamente.
La función fundamental del músculo es transformar energía química en mecánica para generar fuerza y movimiento. Teniendo en cuenta lo argumentado en el párrafo anterior, lo más inteligente en programas de ejercicio físico específicos para la obesidad, es realizar una preparación antes de aplicar los ejercicios más intensos.

La homeostasis es la capacidad que tiene el cuerpo de mantenerse parcialmente estable, aunque siempre esté sujeto a cambios radicales, y con frecuencia. Como un ejemplo, imaginemos que duermes plácidamente en un sueño muy profundo, y de repente te despiertas y en seguida te pones de pie apoyando sólo una de las piernas en el suelo. Lo más seguro es que pierdas el equilibrio y que te vayas al suelo. El desequilibrio y la falta de fuerza en una situación parecida, ocurren debido a que no se ha podido alcanzar la homeostasis muscular ya que todas las funciones orgánicas en este momento están calculadas y programadas para el descanso dentro de un estado basal, y al no dar tiempo a que el cerebro recalcule y reprograme sus funciones reenviando la información correcta a los órganos y músculos, éstos responderán de manera desordenada.
El ritmo cardíaco,  la temperatura corporal, y el volumen de sangre son algunos pocos ejemplos de los cientos de situaciones que el cuerpo tiene que regular para mantener un balance homeostático. Toda enfermedad puede tener una relación directa con un desequilibrio homeostático.
Todos los sistemas orgánicos del cuerpo contribuyen a la homeostasis, pero el cardiovascular, el corazón y los vasos sanguíneos, son especialmente importantes. El cerebro es el centro de control de todos los procesos homeostáticos del cuerpo. Si el sistema cardiovascular falla en proporcionarle oxígeno al cerebro, el cuerpo no puede mantener la homeostasis. Dentro de la práctica del ejercicio físico el sistema cardiovascular ayuda a mantener la homeostasis aportando continuamente oxígeno y glucosa al sistema nervioso central, al cerebro y a la espina dorsal,  para que el organismo pueda aguantar el entrenamiento, al mismo tiempo que  eliminar los radicales libres. Al aplicar ejercicio físico para tratar o ayudar a tratar enfermedades, o para las más distintas poblaciones especiales, hemos de tener en cuenta que hasta que consigamos una estabilización orgánica, podrán suceder las reacciones más dispares, máxime si se aplica un entrenamiento demasiado intenso y no adaptado a la capacidad física de la persona en cuestión. De ahí, uno de los motivos que prueban la importancia de buscar un equilibrio muscular y orgánico antes de la aplicación de programas de entrenamiento para la obesidad y, en general,  para las demás enfermedades.

No es lo mismo aplicar ejercicio físico a una persona sana que a una enferma.
El cerebro de una persona que está enferma funciona de una manera totalmente diferente al de una persona físicamente sana. No me canso de decir que hemos de ver el cuerpo humano desde dentro hacia fuera. Los efectos de una enfermedad van mucho más allá del daño aparente que ésta presenta en el momento de tratarla. Es de suma importancia dar una especial atención a las emociones de las personas, ya sea dentro de un tratamiento vía ejercicio físico, o bien dentro de un tratamiento médico en un hospital. Las emociones juegan un papel fundamental en la recuperación de los pacientes, independientemente de la enfermedad, justamente porque la enfermedad está directamente asociada al estrés, al miedo, y en algunos casos a la memoria emocional. Dicho esto, al aplicar ejercicio físico en poblaciones especiales, algo muy importante a  tener en cuenta es que los resultados del entrenamiento sólo empezarán a aparecer una vez que se consiga una homeostasis, y dicha homeostasis será capaz de inhibir la ACTH y la liberación del Cortisol (hormona del estrés). Éstos últimos son capaces de inhibir por completo el sistema inmunológico.
En la mayor parte de los casos prácticos, los trabajos físicos direccionados a las enfermedades son desarrollados dentro de un marco alostático; en otras palabras,  gran parte de los  entrenamientos para poblaciones especiales y enfermedades, han conseguido lograr la estabilidad orgánica de sus pacientes o clientes mediante un entrenamiento físico por medio de la alostasis, y este hecho hace que los resultados del tratamiento puedan retrasarse. Ello explica por qué en el caso de algunas enfermedades como la obesidad, muchas son las personas que no consiguen sobrellevar los entrenamientos con el fin de bajar de peso y de mejorar su calidad de vida, abandonando el programa de ejercicio físico e incluso su dieta en los primeros meses.
En el caso de la obesidad, el factor emocional, el neurofisiológico, y la individualidad, son líneas fundamentales que en muchos casos, por infelicidad, no se están teniendo en cuenta.  
Ha sido probado científicamente que las mujeres tienen mejor desarrollada la utilización de las emociones, mientras que los hombres nos  centramos en tareas más específicas. La mayor parte de los hombres tienen mayor dificultad en comprender las emociones no verbalizadas. Los hombres tienden a procesar mejor con el hemisferio izquierdo del cerebro, mientras que las mujeres lo hacen con los dos por igual. Eso explica por qué las mujeres tienden a solventar los problemas de una manera más creativa, son más flexibles y más consecuentes con los sentimientos. De otra parte, se ha descubierto que el lóbulo parietal inferior (IPL) es mucho mayor en los hombres que en las mujeres en el lado izquierdo. Es la zona en la que se encuentra el cerebro racional, que procesa la orientación sensorial, realiza los cálculos matemáticos, etc. El cerebro racional corresponde a la corteza cerebral, que desarrolla las funciones intelectuales. Se encarga del análisis racional. Al mismo tiempo, las mujeres tienen el lado derecho más grande, lo que les faculta a tener mejor desarrollados los estímulos emocionales. Es la zona donde se encuentra el cerebro primitivo. El cerebro primitivo controla las zonas mediadoras de las emociones, el estado anímico, la generación del instinto de supervivencia, la regulación corporal, etc. Es el área de las funciones vitales. Este desarrollo cognitivo derecho les juega un mala pasada cuando padecen alguna enfermedad, la obesidad una de ellas, pues las emociones dentro de una enfermedad son capaces de producir ansiedad, depresión, y de anular por completo el sistema inmune como ya he indicado anteriormente. En la existencia de la depresión dentro de la obesidad, la amígdala aumenta su tamaño y es justo en esta zona donde se encuentran las expresiones de miedo y de la ansiedad. La gran diferencia entre el número de casos de depresión y de ansiedad que encontramos en mujeres con relación a los hombres en enfermedades como la obesidad, nos hace pensar que este hecho está directamente relacionado con la anatomía del cerebro femenino.

    






martes, 20 de enero de 2015

EL ENTRENAMIENTO CELULAR


Haciendo un paralelismo entre los tiempos actuales y los tiempos pasados percibimos que, pese a la poca infraestructura y pocos avances que había hace 30,40, o 50 años, los niños de entonces nos poníamos bastante menos enfermos que los de hoy. Recuero que no queríamos estar enfermos para poder salir a jugar al fútbol con los compañeros y, en presencia de algún resfriado, que era la enfermedad más común en aquellas épocas,  los pocos días que nuestras madres nos decían que nos quedáramos dentro de casa nos enfadábamos mucho, pues teníamos la sensación de que nos estábamos perdiendo algo. Cuando nos resfriábamos seguíamos jugando al fútbol con los amigos en la calle, y lo más interesante es que casi no tomábamos fármacos, salvo que fuera alguna anomalía más importante. Para un simple resfriado, nuestras madres preparaban sus pócimas milagrosas aprendidas de sus madres que consistían en cosas naturales como un té de ajo caliente, miel y limón calientes, té de canela y cosas por el estilo. Estos remedios eran aplicados por la noche y al día siguiente ya estábamos recuperados. El estilo de vida que llevábamos era simplemente genial, teníamos una alimentación muy sana, hacíamos mucho ejercicio físico, estábamos siempre en movimiento. El estrés era algo que afortunadamente yo no conocía, y desde luego en aquellos tiempos se daba muy poco espacio a la posibilidad de tener una enfermedad.
El estrés es uno de los mayores impulsores de las enfermedades, puesto que la liberación del ACTH es capaz de inhibir el sistema inmune.
Cada día billones de células mueren, al mismo tiempo que otros billones  se reproducen. Cada tres días el sistema digestivo renueva sus células; cada siete días las células de actina se renuevan, y cada catorce días las de miosina; cada treinta días se renuevan las células del miocardio.  Pero ante la existencia de estrés, todo el proceso de renovación celular se bloquea debido a  que el sistema inmune se inhibe a causa de la liberación de la ACTH (hormona del estrés).
La ACTH apaga el sistema inmunitario. Por ello, en la presencia de estrés, una persona pierde muchas células,  mermando su calidad de vida de una manera muy importante. En otras palabras, se detiene  el crecimiento del cuerpo. Al mismo tiempo, con la inhibición del sistema inmunitario, la energía del cuerpo se debilita de manera sustancial, lo que facilita que los virus  actúen con mayor facilidad.
En nuestro caso, casi nunca nos poníamos enfermos, y cuando ello ocurría nos recuperábamos con tremenda facilidad. Éramos muy activos físicamente, además de que en aquellos tiempos era inaceptable que un niño pasase el día dentro de casa.  No conocíamos los ordenadores, tampoco los videojuegos. Las hamburgueserías casi que no existían y el consumo de azúcar era muy bajo. Durante el día se gastaba muchísima energía, y la obesidad no era una preocupación.   
La clave de nuestra buena salud era el ejercicio físico. El ejercicio físico es capaz de proporcionar una gran cantidad de estímulos que incitan a nuestro cuerpo a reaccionar de manera positiva de cara a cualquier anomalía, y que pueden ser claves en la defensa del organismo frente a una enfermedad más importante.   Y no me canso de decir que la práctica de actividad física nos proporciona una gran liberación de neurotransmisores que se encargan de inhibir el cortisol (hormona del estrés), además de estimular otros neurotransmisores que nos ayudan a tener tranquilidad, alegría y más ganas de hacer ejercicio y de movernos; estos neurotransmisores también pueden ser estimulados  por vía del pensamiento positivo y de la buena energía. La química del cerebro puede ser alterada por el pensamiento, tanto positivo como negativo y, cuando ello ocurre, experimentaremos las mismas sensaciones emocionales que nos son proporcionadas cuando hacemos ejercicio  o cuando estamos enfadados, deprimidos o desanimados. 
En nuestro caso, queríamos estar siempre bien de salud para poder estar con los amigos en la calle,  y ese pensamiento positivo que teníamos,  junto con el amor y la seguridad que nos transmitían nuestras madres y su convicción al confeccionar aquellas formidables pócimas, fomentaban una aceleración de nuestra recuperación.  Las ganas que teníamos de estar bien para poder salir a la calle jugar superaban a cualquier sensación de miedo por estar enfermo. 
De otra parte, yo jugaba al fútbol mismo estando resfriado, y lo único que ocurría era que al comienzo del partido me sentía un poco congestionado,  pero después de la primera carrera detrás del balón ya casi no me acordaba de que estaba enfermo. La ingente entrada de oxígeno que se producía en mi organismo, fomentaba un gran auxilio en la lucha de mis defensas en contra de los virus que estaban en mi cuerpo, al mismo tiempo que al practicar ejercicio físico, los niveles de cortisol bajaban y se fomentaba la estimulación de una gran cantidad de hormonas y neurotransmisores que proporcionan bienestar e inhiben el estrés. Se fomentaba la liberación de enormes cantidades de Dopamina.
La Dopamina es un neurotransmisor  que tiene como funciones principales proporcionar energía mental, mejorar la atención, controlar los impulsos, la motivación, la determinación,  el movimiento, la memoria, las recompensas agradables, el comportamiento y la cognición, la atención, el sueño, el humor, el aprendizaje, etc. Y, entre varias otras cosas, es un neurotransmisor predominante en las áreas del sistema de recompensa mesolímbico: respuestas de euforia y de la estimulación en el cerebro.
Dentro de una enfermedad, desafortunadamente la primera medida que viene a la cabeza de las personas es la ingesta de fármacos, muchas veces sin la prescripción de un facultativo. En los países considerados de “primer mundo”, esta adicción supera límites inimaginables. Hoy en día, al mínimo estornudo de un niño, los padres, como precaución a un posible resfriado, les proporcionan fármacos a sus hijos. Pero el abuso de fármacos puede traer consecuencias negativas. El uso excesivo de una sustancia puede llevar a la adicción.
Es importante recordar que la adicción, no importa cuál, proporciona muchas perturbaciones cognitivas.  Los sistemas cerebrales, los neurotransmisores, los sistemas de recompensa mesolímbico (principales vías del sistema nervioso central), son cruciales en el desarrollo de las manifestaciones  adictivas.
Los neurotransmisores son las sustancias químicas naturales que se responsabilizan de la actividad cerebral: de las emociones, de la motivación, de los instintos, etc. Son sustancias fundamentales en el orden del estado de  ánimo, pudiendo  provocar euforia o inapetencia. Los estados de excitación extrema, provenientes de conductas de estimulación como practicar  ejercicio físico de manera desmesurada o la utilización de drogas,  afectan a los neurotransmisores de manera que el cerebro pasa a producirlos en exceso. Estos cambios pueden ser nefastos y contribuyen de manera significativa  a un desequilibrio bioquímico.
El entrenamiento de las células:
En el desarrollo de una enfermedad, la detección del virus o patógeno que la compone es complicada, ya que éstos pueden evolucionar rápidamente produciendo adaptaciones con el fin de penetrar en el sistema inmunitario pudiendo así infectar con éxito a sus huéspedes. Para superar este problema, son  desarrollados en el organismo múltiples mecanismos que reconocen y neutralizan dichos patógenos.
Podemos entrenar nuestras células vía ejercicio físico. Según el estímulo que proporcionemos a nuestro cuerpo, nuestras células responderán de una manera o de otra, y la forma en la que nuestras células se comportan nos facilita una mejor o peor calidad de vida.
Tras la práctica del ejercicio físico se producirá un daño muscular microscópico. Este daño implica la ruptura del sarcómeros (unidad anatómica y funcional del músculo estriado), y de las membranas, lo que facilitará una inflamación,  que es la consecuencia de una respuesta inmunitaria del organismo frente al daño ocasionado. Las células inmunitarias, como por ejemplo los leucocitos, actúan y hacen que aumente el flujo sanguíneo hacia el área dañada, y éste hace que lleguen más nutrientes y más oxígeno a las zonas dañadas para poder eliminar los radicales libres, como por ejemplo el lactato.
Al practicar actividad física dentro de una enfermedad, el equilibrio químico de la célula (la homeostasis celular) se rompe. La homeostasis es la estabilidad orgánica. Con el desequilibrio de la homeostasis, se produce un cambio en el medio químico de la célula alterando así su función fisiológica en el control de los órganos. Los órganos reaccionan en contra del estrés con el fin de controlar la homeostasis y por consiguiente sus funciones orgánicas.
Éstos son los cambios homeostáticos  durante la actividad física: elevación de la temperatura corporal, aumento de la acidez en la sangre, caída del oxigeno contenido en los líquidos corporales, incremento del dióxido de carbono, entre otros. Al recibir estos desórdenes, las células cambian sus funciones para adaptarse al ejercicio físico. Estos ajustes ocurren en el corazón, en los pulmones, en el páncreas, en los  músculos, y los huesos. Todo este desequilibrio temporal ocurre constantemente en nuestro organismo, sobre todo  con la práctica de la actividad física, y dentro de un proceso de enfermedad es beneficioso porque hace reaccionar a las células de manera muy positiva.
En la práctica de ejercicio físico, siempre debemos ver el cuerpo desde dentro hacia fuera, y no desde fuera hacia dentro. Cuando hablamos de prescribir ejercicio físico para tratar o para ayudar a tratar  las más distintas enfermedades, sea un resfriado, la diabetes, la obesidad, el cáncer, etc., en realidad estamos hablando de entrenar las células para que éstas cambien su modus operandi, haciendo que el organismo reaccione de forma positiva para propiciar una mejoría en la salud de la persona afectada.
Pero para que estos beneficios se produzcan, es necesario dar tiempo a las células para su adaptación. Como un ejemplo, la obesidad: no sirve de nada que una persona pierda una gran cantidad de peso de manera rápida y en un corto espacio de tiempo si sus células no se han adaptado a la nueva situación.  Para que los cambios pasen a hacer parte de nuestras vidas, las células necesitan tiempo para su readaptación. Es necesario que la nueva situación se repita una y otra vez, y que nuestro cerebro recalcule y mecanice los nuevos estímulos transformándolos de acción de conducta a rutina. Este cambio puede tardar entre 18 a 260 días, según la persona, además de que es necesario que las nuevas tareas se automaticen durante una media de 60 a 70 reincidentes días (ejercicio, alimentación equilibrada, consumo de agua diario equilibrado, horas de descanso, etc.).
Tanto en el caso de la obesidad, como en el de la diabetes,  es fundamental dar una especial atención a la enzima AMPK,  que es un regulador metabólico y auxilia a los músculos en el consumo de azúcar y de oxígeno. Al hacer ejercicio físico se  estimula la acción de la enzima  AMPK. Una de las actividades de dicha enzima es auxiliar  el  aumento  del consumo de  azúcar  y de oxígeno en los músculos. Si estas enzimas dejan de existir en el organismo de una persona por falta de movimiento, ésta tendrá un menor nivel de mitocondrias, que son la central de energía de las células, y eso dificultará la absorción de glucosa en el momento en el que desarrolle algún tipo de actividad como hacer ejercicio. Al hacer ejercicio físico, los niveles de mitocondrias en los músculos aumentan de manera significativa.
¡El ejercicio es la mejor medicina!
En la existencia de un mínimo de energía, hacer ejercicio físico dentro del proceso de una enfermedad es importante, pues éste es capaz de activar el organismo de manera notable, y de esa forma, las defensas también son activadas, cosa que acelerará la recuperación.
Otro de los motivos importantes para la práctica de actividad física durante una enfermedad, es que el ejercicio físico acelera la necesidad de rehidratación. Normalmente las personas, desafortunadamente no tienen la costumbre de beber las cantidades recomendadas de agua  durante el día, y menos cuando están enfermas. Para que se fomente un “entrenamiento celular” de una manera  satisfactoria, es fundamental que exista un inmejorable aporte hídrico.
El agua compone la mayoría de las células de nuestro cuerpo, es la parte más grande de nuestro sistema sanguíneo y linfático,  desarrolla una función primordial transportando alimento y oxígeno a las células y  desechando intrusos y desperdicios. Limpia nuestros riñones de substancias tóxicas;  balancea nuestros electrolitos  ayudándonos  a controlar la presión sanguínea; nos provee de los minerales que  necesitamos  tales como magnesio, cobalto y cobre.(1) 
Hay muchos casos en los que una mala hidratación y la falta de actividad física pueden hacer que los radicales libres tarden mucho en eliminarse del organismo, sobre todo si esta situación  se acompaña de otros hábitos perjudiciales (dietas inadecuadas, adicción a las drogas, tabaco, alcohol, la utilización excesiva de fármacos, el sedentarismo) y si además se padece alguna enfermedad. Frente a esta situación, las células intentan defenderse de varias maneras antes de ponerse enfermas. Una de esas maneras es la acidosis metabólica. Las células retienen agua con el fin de solventar la situación ácida dentro de su entorno, y eso ocasiona una subida importante en el peso corporal al mismo tiempo que en el volumen de la persona (retención de líquidos).  Ante esta situación, la actividad física gana una especial relevancia puesto que, al mismo tiempo que produce una importante alteración en la situación de acidosis vivida por las células, alteración promovida por la gran entrada de oxígeno en el organismo, es capaz de controlar la retención de líquidos producida por las células como respuesta a dicha situación ácida. Hemos de recordar que son los pulmones y los riñones los que regulan el estado ácido/básico del cuerpo.(2)
La mejor manera de entrenar las células es moverse, y a la vez de estimular el cerebro.






(1) LA IMPORTANCIA DEL AGUA EN NUESTRAS VIDAS - El blog del Dr. Sergio Simphronio
(2) EL EJERCICIO FÍSICO ES LA MEJOR MEDICINA - El blog del Dr. Sergio Simphronio